5 razones para no ir a la universidad

24 noviembre, 2015

Antes de comenzar con la argumentación de las 5 razones para no ir a la universidad, debo decir que escribo este post, desde la desesperanza y no desde el rencor. Quiero aclarar esto, porque considero que una institución como es la universidad debiera ser uno de los puntales de la sociedad, algo que actualmente dista mucho de ser así.

 

Si se me permite aplicar la expresión “ser cocinero antes que fraile”, me viene muy bien en este sentido. Hace ya más de una década que finalicé mis estudios universitarios (vaya, cuánto tiempo ha pasado…).

 

Por supuesto, no voy a basar este post, solamente en mi experiencia personal, sino también en múltiples testimonios de personas más o menos cercanas, que han estado o están ligadas actualmente al ámbito universitario.

 

Catalizador de la sociedad

 

Entiendo que la universidad, habría de ser un catalizador de la vida social y laboral de un país. Un lugar donde se impartiesen una serie de conocimientos y habilidades necesarias para que los futuros profesionales que cursan estudios en la actualidad, pudieran desenvolverse con suficiencia en el desempeño de su profesión, y contribuyesen al desarrollo de una nación.

 

Debería tratarse de una relación biunívoca, puesto que todas las enseñanzas que recibieran los alumnos universitarios, además de en su propio beneficio como es lógico (posibilitándoles aspirar a un puesto de trabajo y permitiéndoles vivir de él) las emplearan en aportar valor a la sociedad, en una especie de circuito de retroalimentación.

 

5 razones para no ir a la universidad

 

Descrédito de la institución

 

Lamentablemente, en mi opinión, se ha producido un descrédito de esta institución durante las últimas décadas, que ha traído consigo una disminución del número de alumnos y una creciente frustración entre los que han completado sus estudios, bien por no conseguir un puesto de trabajo acorde a sus capacidades, bien por obtener por ello, una remuneración a todas luces, insuficiente.

 

Este último hecho, evidentemente, no es responsabilidad exclusiva de la universidad, sino que ésta comparte el dudoso mérito de precarizar el mercado laboral, con el tejido empresarial de nuestro país, y con unos sindicatos que se han dedicado en los últimos tiempos, a mirarse el ombligo y a llenar sus arcas, antes que a velar por los intereses de los trabajadores. No me extenderé más en esta cuestión, y no por falta de ganas, pero a los hechos me remito.

 

La universidad representa la cúspide del sistema educativo, y por ello, es más que comprensible, que muchos de los vicios que perjudican a este estamento, se arrastran desde etapas formativas más tempranas. Por tanto, si hemos de ser justos, no se deberían cargar las tintas exclusivamente sobre el sector universitario. Sin embargo, al ser una de las salidas del currículum académico de un estudiante, con mayor renombre, debería estar dotada de unas mayores prestaciones.

 

Es importante decir, que muchas de las carencias que deterioran la calidad de la enseñanza universitaria, son ajenas a sí misma. Es difícil recordar alguna ocasión en la que se haya producido un gran consenso en materia de educación. Los distintos partidos en el gobierno, se han dedicado a legislar en esta materia con un cortoplacismo dañino. Sucesivamente, han modificado los planes de estudio, con escasa justificación y nulo acierto. Los resultados, los podemos ver cada vez que se realiza un estudio comparativo de la calidad de la enseñanza, con los distintos países de nuestro entorno. Ni que decir tiene, que no salimos muy bien parados, por decirlo de una manera muy aséptica…

 

Hay determinadas carreras, cuyos planes de estudios gozan de una gran reputación a nivel internacional (como puede ser el caso de Medicina). Sin embargo, por regla general, este hecho no es extensible a la mayoría del resto de carreras impartidas en España. No es objeto de este post, diseccionar todos y cada uno de los grados que componen el sistema universitario español, sino mostrar la generalidad de este sistema.

 

5 razones para no ir a la universidad

 

A continuación, expongo 5 razones para no ir a la universidad, tal y como está concebida en la actualidad:

  1. Gran desconexión entre los planes formativos de las distintas carreras o grados, y la realidad que demandan las empresas. No existe una sólida colaboración entre universidad y empresas, que facilite la transición de la vida académica a la laboral.
  2. Predominio de la teoría sobre la práctica. Éste, es un factor absolutamente clave. Se suele decir con reiterada frecuencia, que cada generación, sucesivamente está cada vez, mejor preparada que la anterior. No es que no sea verdad, pero aquí se suele confundir la acumulación de conocimientos con su aplicación práctica. Debería hacerse mucho hincapié en establecer la obligatoriedad de la realización de prácticas en empresas, para la obtención de un título universitario. Por supuesto, dependerá del tipo de estudios que se cursen, los hay de aplicación más práctica que otros. En este aspecto, el sector universitario privado, está mucho más avanzado que el público.
  3. Uso abusivo de la tecnología (en ocasiones). Conozco casos de profesores, que prácticamente dejan a su “suerte online” a sus alumnos, aduciendo que han colgado el temario en internet, y que ahí tienen todo lo necesario para aprobar el examen. Ojo, valoro muchísimo la formación autodidacta, puesto que exige una disciplina y una capacidad de organización muy grandes. El problema, es que el coste de una asignatura, en una universidad pública presencial (de las privadas, ya ni te cuento) es bastante más elevado que en la UNED. Por tanto, una persona que se ha matriculado en una asignatura que en teoría, va a ser presencial, se merece una asistencia mucho mayor que la que le puede aportar una página web.
  4. Auge de la formación profesional. Felizmente, parece un hecho ya superado el desprestigio que en el pasado ha sufrido esta variante académica. Aunque habría que analizar cada ciclo formativo por separado, cada uno con sus particularidades, en términos generales, el índice de inserción laboral es mucho mayor entre quienes han optado por este camino. La formación profesional, supone una menor inversión de tiempo y dinero, y por tanto, representa una opción muy interesante. Quizá inicialmente (y no siempre) el salario que perciben es inferior al de un universitario, pero la gran facilidad de penetración en el mercado laboral que poseen, decanta la balanza sobre este sistema, sobre todo en estos tiempos que estamos viviendo, con un paro juvenil tan elevado.
  5. Masificación de las aulas universitarias. Aunque en la actualidad se da casi el fenómeno opuesto, durante muchos años se vivió un boom universitario, en parte, por ese descrédito de la formación profesional de la que hablaba en el punto anterior. Este hecho, ha llevado a que hubiera una enorme competencia, puesto que el mercado laboral era incapaz de absorber semejante tasa de universitario En consecuencia, se producía una mayor frustración entre el alumnado de una carrera universitaria, respecto a los estudiantes de formación profesional, en el caso de no encontrar trabajo “de lo suyo”. Recuerdo cuando terminé mis estudios universitarios, y pasaron algunos años hasta poder ubicarme profesionalmente en un puesto de trabajo acorde a mi formación. Durante esa “travesía por el desierto”, fueron muchas las ocasiones en que me culpé por haber optado por estos estudios, puesto que mi familia había invertido mucho dinero en ellos, y yo había realizado un gran esfuerzo para sacarlos adelante, para no obtener la recompensa soñada.

Elección razonada

 

Por supuesto, cada cual ha de elegir la alternativa que le resulte más adecuada, teniendo en cuenta sus posibilidades económicas, aspiraciones profesionales, y sobre todo, muy importante, pensando en lo que le haga feliz y le pueda reportar unos beneficios suficientes.

 

Y vosotros, ¿estáis de acuerdo en que la universidad necesita algo más que un lavado de cara?

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