Basura electrónica

20 abril, 2015

Cada vez que adquirimos un producto tecnológico (lavadoras, televisiones, ordenadores, teléfonos móviles, etc.) la operación de compra es  gravada con un impuesto (aunque no aparezca detallado en la misma), cuya recaudación han de destinar las empresas productoras de este tipo de bienes de consumo, a garantizar la reutilización, el reciclaje y/o la recuperación adecuada de tales objetos.

 

Sin embargo, parece ser, que este objetivo no se está cumpliendo, ya que solamente un tercio de los artículos cuya adquisición está sujeta a dicho gravamen, son correctamente tratados, al final de su ciclo de vida útil, en instalaciones de reciclaje construidas a tal efecto. Las matemáticas son una ciencia exacta, entonces ¿qué sucede con los otros dos tercios restantes?. Pues, como la “picaresca” acompaña a la humanidad, desde el origen de los tiempos, resulta que el 66% de la basura electrónica, es “excluida” del circuito reglamentario que suponen las distintas formas de tratamiento, y es transportada a gigantescos vertederos, ubicados fundamentalmente en países del continente africano, como puede ser Ghana, y sobre todo, en China, donde no es tratada convenientemente, por utilizar una expresión muy generosa.

 

Por si acaso el lector, no hubiese captado hasta este momento, la ironía que pretendía reflejar con el término “picaresca”, he de decir, que evidentemente, no nos encontramos ante una situación similar a cualquiera de las vividas por el Lazarillo de Tormes en sus múltiples aventuras, sino que estamos asistiendo a un flagrante delito, a una descomunal irresponsabilidad medio ambiental y a una disminución drástica de la esperanza de vida, del eslabón más débil de toda esta cadena putrefacta de corrupción, como son los trabajadores que clandestinamente, tratan de subsistir empleándose en estos “cementerios tecnológicos”.

 

basura electrónica

 

Problemas derivados de la mala gestión

 

Para empezar, se está cometiendo un fraude económico, ya que está desviándose el dinero con el que, “religiosamente” sufragamos los consumidores, la oportuna cadena de reciclaje diseñada para estos dispositivos, destinándose a otros conceptos que nada tienen que ver con ello. Como todas las leyes, la que regula el compromiso por parte de las empresas a certificar una correcta gestión de los residuos generados por su actividad, fue aprobada para su cumplimiento, por lo que hay que exigir que las autoridades competentes, traten, en primer lugar, de evitar que ciertas compañías continúen “despreocupándose” de sus obligaciones en materia medioambiental, y, por último, en caso de observar un comportamiento reincidente por parte de alguna de ellas, aplicarle las sanciones correspondientes. De hecho, el espíritu de la ley, es ese, “quien contamina, paga”, contaminar no es gratuito.

 

También está relacionado con el altísimo volumen de desperdicios electrónicos, el fenómeno de la denominada obsolescencia programada, es decir, el acortamiento premeditado de la vida útil de cualquier aparato tecnológico, con el cual, las empresas pretenden aumentar sus ingresos, a través de la venta de un mayor número de unidades, pues la reparación, en ocasiones, no suele salir a cuenta. Es un hecho contrastado, que la tecnología, como muchas otras parcelas del conocimiento y el saber, ha experimentado un avance extraordinario en las últimas décadas, y por lo tanto, no sería extraño pensar, que los artilugios fabricados más recientemente, fuesen más duraderos en el tiempo. Tan evidente, como equivocado, pues a pesar de conocer y poder aplicar, los últimos progresos en esta materia, las empresas apuestan por limitarlos, en detrimento de la durabilidad. Entiendo que la industria, mire por sus intereses para hacer negocio, pero necesariamente hay que buscar un equilibrio, entre sus beneficios y los del resto del planeta.

 

Cambiando de tercio, otro de los efectos colaterales de esta actividad ilegal, es la contaminación del medio en que se desarrolla este despropósito. Esta clase de aparatos, contienen, entre otras sustancias tóxicas, metales pesados, como, por ejemplo, mercurio, plomo o cadmio, que a consecuencia de una ineficaz gestión de los mismos, pueden contaminar el subsuelo, las aguas subterráneas y la atmósfera del entorno, cercenando las posibilidades de desarrollo de toda la comunidad circundante.

 

Debido a, no solamente, los problemas que originan estos desechos en el medio ambiente, sino también por su acción directa sobre los seres vivos, el contenido de estos vertederos, afecta de una manera determinante a la salud humana, poniéndola en grave riesgo, ya que puede causar daños en riñones, cerebro, sistema respiratorio, sistema circulatorio, sistema nervioso, etc., es decir, en la práctica totalidad de nuestro organismo.

 

Para finalizar este análisis, no podemos tampoco, exculparnos de esta situación como consumidores que somos, de esta tecnología. En muchos casos, como puede tratarse de los ordenadores y los teléfonos móviles, antes, incluso, de que comiencen a no responder a nuestras expectativas, ya queremos sustituirlos, por su versión más reciente, que acaba de salir al mercado. Cada cual, por supuesto, tiene la libertad para gestionar su patrimonio como estime oportuno, pero hemos de pensar globalmente, las consecuencias que tiene un consumismo exacerbado en este sentido.

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