Pereza

6 mayo, 2015

Quien escribe estas líneas, llevaba unos días ciertamente dubitativo, en relación a la temática del siguiente post que debía ocupar su tiempo. En la búsqueda de algún asunto de “radiante actualidad” al que hacer mención, finalmente he decidido dedicar este artículo a un tema tan recurrente, como fastidioso en nuestras vidas: la pereza.

 

Porque, quién no ha experimentado esa sensación de holgazanería física e intelectual que le impide concentrar su esfuerzo, en algo fácilmente más provechoso, que la mera contemplación del entorno que nos rodea. Uf, debería levantarme ahora mismo, para repasar el temario de química avanzada de los elementos de transición, que va a entrar en el próximo examen, pero se está tan bien en la cama…

 

Se trata, la pereza, de una sensación de incapacidad para la toma de decisiones, que nos anquilosa en nuestro intento de sacar partido al tiempo de que disponemos.

 

En sí misma, y como algo fugaz, no ha de preocuparnos en absoluto; ese sentimiento de inapetencia, es algo completamente normal que, en un momento u otro, todos hemos “sufrido”. Sin embargo, no debemos dejar que esa tendencia a la evitación (término empleado en psicología), se apodere de nosotros perpetuamente y nos inmovilice en nuestra vida cotidiana.

 

pereza

 

Culpabilidad

 

Donde creo más oportuno explayarme, es, en lo relativo a las consecuencias que pueden derivarse de este período de letargo anímico. Una de ellas, quizá la que me parece más relevante, es la culpabilidad que podemos sentir, debido a la inacción por nuestra parte.

 

Uno de los rasgos más intrínsecos de nuestra cultura es, educar en la responsabilidad de que hemos de proceder en los quehaceres del día a día, atendiendo a una escala de valores, donde las obligaciones y los deberes, han de preceder al disfrute y al descanso. Es como si estos últimos, solo pudieran concebirse, como un premio al trabajo bien acometido. Hasta que no termines de ordenar tu cuarto, no puedes jugar a la consola…

 

Esta herencia, que en principio, entendemos coherente y constructiva, es susceptible de resultar demoledora, para las conciencias de aquellas personas más dóciles y sugestionables (entre las que me hallo), ya que les pueden acarrear un enorme sentimiento de culpabilidad, en caso de haberse entregado a la relajación, sin haber culminado las tareas pendientes que “debieran ser la llave de ese meritorio descanso”, según la doctrina antes señalada.

 

No está en mi ánimo, de ningún modo, hacer apología de la pereza. Como he comentado anteriormente, no podemos manejarnos en un permanente estado de desidia, puesto que nada fructífero se deducirá del mismo. Pero, sí considero importante, desmitificar, o al menos, suavizar, la conexión que se establece entre obligaciones y descanso.

 

Equilibrio

 

Como en otros muchos aspectos, viajamos en la búsqueda del perfecto equilibrio que no incline la balanza, ni hacia el lado de la laboriosidad estajanovista, ni hacia el lado de la aplatanada desgana.

 

Puede creerse evidente, la gestión de estos dos estados, pero, puesto que no somos máquinas, entran en juego, numerosas variables que escapan al entendimiento y que no son tan fáciles de dominar. Cualquier persona que goce de plenas facultades mentales, es perfectamente capaz de disociar correctamente, los momentos o situaciones en que ha de “acelerar” o “bajar el pistón”.

 

Sin embargo, no basta con detectar el momento preciso en que hemos de hacer una cosa u otra, sino que además, hay que llevarla a cabo. Aunque pueda parecer obvio, aquí reside el problema, nos encontramos con el antónimo de la pereza: la fuerza de voluntad. Dependiendo de cómo de férrea sea nuestra mente en una circunstancia concreta, aumentarán o menguarán nuestras posibilidades de activación.

 

Y tú, ¿en qué lado de la balanza te encuentras más a menudo? ¿Te consideras una persona perezosa?

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